Los escudos de los Obispos Venezolanos según una antigua tradición es de contorno español, con sus cordeles salientes de ambos flancos y borlas que recubren el escudo y el signo de Cristo que encabeza todas las formas como Alfa y Omega, principio y fin, todo fue creado por Él y para Él. El color del Capello, los cordeles y las borlas es verde, simbolizando la gran esperanza al inicio de una misión mandada por la Iglesia, a través del Papa Francisco, y se trata de una misión evangelizadora que en el Obispo lleva la Tria Munera: Santificar, Enseñar y Regir al pueblo de Dios…

El interior del Escudo posee tres cuadrantes, dos superiores y uno inferior de mayor proporción. En el cuadrante superior izquierdo aparece de manera activa y eficaz, la Palabra de Dios revelada; en ella se encuentra el mandato del Señor: “Ámense los unos a los otros”. Todos estamos llamados a vivir este amor centrado en el amor al prójimo (cf 1Jn 2,11-17; Jn 13,34; 15, 18-21), en el reconocimiento de su dignidad persona y su ser hijo e hija de Dios, y es ese amor el que nos hace discípulos de Jesucristo y resume todo nuestro actuar humano (cf Rm 13,6-10).

La Palabra revelada “es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb. 4,12). La Palabra es esencial en la acción pastoral del Obispo; primero la vive para luego testimoniarla y predicarla, de esta manera el pueblo de Dios se nutre de ella en un encuentro vivo con Jesucristo. Todos los Obispos tienen el mandato Evangélico de llevar la Buena Nueva a todos y a todas, y en cualquier circunstancia; este mandato fue renovado por el Concilio Plenario de Venezuela al dictar la norma de “llevar la Biblia al pueblo”. Esta será una de las principales acciones que el nuevo Obispo realizará en el marco de una Nueva Evangelización.

Ambos cuadrantes superiores tienen de fondo el color azul cielo. Este color suele asociarse con la estabilidad y la profundidad, también representa la lealtad, la confianza, la sabiduría, la inteligencia, la fe, la verdad y el cielo eterno. Al fondo en el centro se encuentra un destello blanco que representa la luz, la bondad, la inocencia, la pureza y la esperanza, todos atributos de Dios muy necesarios hoy día ante la realidad del país.

Escudo Episcopal Mons. José Luis Azuaje Ayala

Escudo Episcopal Mons. José Luis Azuaje Ayala

El cuadrante inferior es mayor porque quiere significar la situación geográfica de la Diócesis, con el pié de monte andino, con sus campos expresados en grandes fincas de ganado y de productos agrícolas, donde se enclavan distintas comunidades. Es una extensión sumamente grande con infinitas riquezas humanas, naturales e institucionales. Todo este territorio fue desprendido de las Arquidiócesis de Mérida y Calabozo, cuando se erigió como Diócesis el 23 de Julio de 1965.

La montaña no escapa a una significación bíblica. En el Antiguo Testamento Yahveh es el “Dios de las montañas” (1Re 20, 23.28), porque es el lugar sagrado donde sucede la Revelación Divina, donde se encuentran lo humano y lo divino, donde Moisés fue llamado (Ex 3,15) para hacer un pacto, una alianza cuyo contenido está expresado en la Ley (Ex 24, 12.18) y donde la Gloria de Dios se manifiesta (Ex 24,16). También en el Nuevo Testamento la montaña ha sido lugar de intensos encuentros de Jesús con la multitud (Mt. 5,1), para la curación y la asistencia humanitaria (Mt 15,29), pero también para retirarse a orar en el silencio (Mt 14,23) o manifestar su gloria (Mt 17,1). El sitio que Jesús elegía para orar habitualmente era un sitio un poco aislado, un monte o la montaña, etc (cf. Mc 1,35; 6,46; Lc 4,42; 5,16; 6,12; 9,18). Estos lugares se convierten en símbolo de otro lugar: El nuevo lugar de Oración es Jesús mismo, siendo Él el único acceso a Dios, el “camino”, la “puerta”.

Aparece también en el cuadrante el río con sus aguas limpias signo del bautismo, de purificación hacia la santidad. Todo el territorio de la Diócesis es arropado por diversos ríos que nutren el campo y dan vida a todos los moradores de las comunidades. El río también es signo de alegría y con su sonido contagia a tantos músicos y copleros que llenan el llano expresando la vida, aventuras y desventuras, con el arpa, cuatro y maracas. En medio de la llanura está el buen pastor cuidando y nutriendo a sus ovejas. Sabemos que Jesús es el Buen Pastor y que el Obispo debe imitarlo con su palabra y obrar cotidiano, principalmente en su atención a los más pobres y abandonados. Él mantiene unido al redil y va en busca de la descarriada, pero ésta solo lo sigue si él “huele a oveja”. El Obispo también es el buen pastor que da la vida por el pueblo a él encomendado.

Hay una intención certera al colmar la mitad del escudo con un paisaje natural. Hoy día, ante la depredación de la naturaleza por distintos motivos e instancias, es urgente un trabajo decidido por la preservación del medio ambiente. La Iglesia propicia una seria reflexión y acción entorno a la ecología humana y ambiental, porque de ello depende la vida: de nuestros ríos limpios, de la tierra fértil, del aire fresco. Dios creó la naturaleza para que viviéramos y la sintiéramos también viva, por lo que el ministerio episcopal es portador de esta tarea.

Todos los cuadrantes están unidos por el fuego del Espíritu Santo, a través de sus siete dones. Todos sabemos que el Sacramento de la Confirmación, donde se dan los dones del Espíritu Santo a los confirmandos, es propio del Ministerio Episcopal; por tanto, es el Espíritu Divino el que mantiene viva a la Iglesia y el que genera la comunión, la conversión y la vivencia de la fe. El Obispo debe ser el primer testigo de esta fuerza transformadora de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. La representación del Espíritu Santo en forma de paloma es bíblica: “En cuanto salió del agua vio abrirse los cielos y al Espíritu que bajaba sobre Él como una paloma” (Mc 1,10). La paloma en las Sagradas Escrituras es signo de libertad, vida nueva y paz (Gn 8,8), de ofrenda a los pobres (Lv 12,8). Sus arrullos evocan amor y sus gemidos, la intercesión del Espíritu de Dios que habita en nosotros.

El Lema episcopal escogido por el Obispo hace referencia al capítulo 21 del Evangelio de Juan en su versículo 17: “Para que todos sean uno”. Es una propuesta desafiante ante la realidad que se vive en el país y en todas las comunidades. Hoy existe mucha división en todos los sentidos: familia, comunidades, instituciones, etc. Es necesario volver a la concordia y la unidad. No se trata de unificación o de uniformar, sino de lo que se trata es que todos tomemos conciencia de la dignidad de la otra persona y vivamos el respeto mutuo creando un ambiente propicio para la comunión y la paz. El fundamento de esta unidad está en Jesucristo en su relación con el Padre y la fuerza que brota del Espíritu Santo. Toca a todo el pueblo de Dios animar esta comunión a través de la reconciliación y la paz.

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