“A quien vosotros perdonéis yo también le perdono” (2 Corintios 2,10)

¿TIENEN PODER LOS HOMBRES?

Lo que enseña la Biblia: Los evangélicos y otros grupos afirman que los hombres no tienen poder para perdonar los pecados, sólo Dios puede hacerlo, porque ese es un poder divino.

Los católicos reconocemos que los hombres, por sí mismos no tienen poder, pero lo pueden tener si Dios les otorga o delega este poder.

¿Puede un hombre caminar sobre las aguas? ¡De ninguna manera!, sólo Dios puede caminar sobre las aguas, ese es un poder divino, pero si Dios le concede a un ser humano ese poder entonces sí puede caminar sobre las aguas. Lee: Mateo 14,28.

¿Puede un hombre perdonar los pecados? ¡Por supuesto que no! “Sólo Dios puede perdonar los pecados” (Marcos 2,7). Pero si Cristo delega ese poder a sus apóstoles, entonces sí tienen ese poder.

Los judíos decían: “Sólo Dios, Jesucristo no”. Tenían razón en afirmar que un hombre no tiene poder, pero ignoraban que Jesucristo había recibido de su Padre TODO PODER.

Los protestantes dicen: “Sólo Jesucristo, los hombres no”. Ahora ellos ignoran que Cristo delegó ese poder a sus apóstoles y sucesores. Los católicos creemos que Cristo tenía TODO PODER y podía delegar su poder a sus apóstoles, pero… ¿lo hizo?.

Jesucristo afirmó que había recibido todo poder de su Padre. “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mateo 28,18).

"A quien vosotros perdonéis yo también le perdono" (2 Corintios 2,10)

“A quien vosotros perdonéis yo también le perdono” (2 Corintios 2,10)

JESUCRISTO DEMOSTRÓ QUE TENÍA TODO PODER:

Poder sobre la naturaleza: “Gritó al viento y al mar: “¡calla, enmudece!”. El viento se calmó y sobrevino gran calma. (Marcos 4,39).

Poder sobre el cuerpo: “Quiero quedar limpio” y al instante quedó limpio de su lepra aquel hombre.

Poder sobre el alma: “Hijo tus pecados te son perdonados… y para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados -dijo al paralítico-: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. El se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos” (Marcos 2,10-12).

"El Poder de Dios"

“El Poder de Dios”

CRISTO DELEGÓ SU PODER

CRISTO PUDO. Si Cristo tiene “todo poder” entonces también tiene el poder de delegarlo. Si los reyes pueden delegar su poder y autoridad a sus embajadores. ¿Por qué Cristo, el Rey de reyes, no puede hacer lo mismo?.

CRISTO QUIZO. La obra de salvación es una obra divina. Y se la encargó a hombres como nosotros: “Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea se salvará el que no crea se condenará” (Marcos 16, 15).

CRISTO LO HIZO. Para realizar una obra divina son necesarios poderes divinos, por eso Cristo otorgó a sus apóstoles:

Poder sobre la naturaleza: “Si eres Tú, mádame ir donde Ti sobre las aguas.” “¡Ven!”, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas (Mateo 14,28-29). Pedro que era sólo un hombre pudo hacer lo que Dios podía hacer, porque Cristo le delegó tal poder.

Poder sobre el cuerpo: Pedro y Juan suben al Templo y encuentran un paralítico. “Pedro le dijo: Míranos… ‘No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en el nombre de Jesús Nazareno, ponte a andar’, y de un salto se puso en pie y andaba” (Hechos 3,6-8). Este milagro es el mismo que Cristo usa para probar que tiene poder para perdonar los pecados. El idéntico milagro de Pedro y Juan demuestra que también los hombres han recibido dicho poder. ¿Acaso el Médico de las almas iba a otorgar el poder de sanar los cuerpos, pero no las almas?

Poder sobre el alma: ¿Qué hemos de hacer?. Pedro les contestó: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados” (Hechos 2,38). Si un pastor puede bautizar “para perdón de los pecados”, ¿por qué un sacerdote no puede confesar para perdón de los pecados. La práctica de los protestantes contradice su propia doctrina.

"Cristo delegó su poder para perdonar los pecados"

“Cristo delegó su poder para perdonar los pecados”

CONCLUSIÓN:

Los hombres por sí mismos no tiene poder de perdonar los pecados, pero sí lo pueden recibir por delegación, si Dios se los otorga.

¿Consultorio o Confesionario?

Dios no necesita de la confesión para perdonar los pecados, los que la necesitamos somos nosotros.

La conocida psicóloga norteamericana Karen Horney, basándose en datos puramente clínicos, afirma que una confesión bien hecha tiene el mismo efecto que tres años enteros de psicoanálisis y, por cierto, ella no es católica. Y el famoso psiquiatra suizo Paul Tournier, calvinista, dice que hay una multitud de gente enferma que lo que anhela en el fondo es confesarse.

¿Acaso Cristo, Médico de las almas, no iba a saber más psicología que los mismos hombres? La confesión cura las heridas más profundas y subconcientes del alma, cura de odios, rencores, resentimientos, conciencias deformadas, traumas, complejos y hace lo que no puede hacer ningún terapia: nos reconcilia con Dios y nos devuelve la gracia.

La psicología y la psicoterapia, en muchos casos, no son sino un subrogado de la confesión. Y, muchas veces, precisamente los que rehusan confesar sus pecados al sacerdote, son los que van con el psicólogo, que es un hombre pecador como ellos, le dicen sus “pecados”, no les perdona y ¡además le pagan!.

La confesión de los pecados ante los hombres de Dios nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás (Lee: Catecismo de la Iglesia Católica = CIC 1455).

San Pablo afirma: “Dios nos reconcilió consigo por Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación” (Lee: 2 Corintios 5,18-20 y estudia: CIC 1441-1442). Si el embajador del rey tiene poderes reales delegados por el rey, también los embajadores de Dios tienen poderes divinos delegados por Dios.

Para que no quedara duda a nadie de que otorgaba a los hombres el poder de perdonar los pecados, Cristo dijo: “Como el Padre me envió así os envío yo”, es decir con su mismo poder y autoridad “a quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados, a quienes se lo retuviereis les serán retenidos” (Juan 20, 21-23).

"Como el Padre me envió así os envío yo"

“Como el Padre me envió así os envío yo”

DOCTRINA CLARA Y EVIDENTE

¿Qué Nos Pasa?

Si un cristiano no entiende esta doctrina bíblica tan clara y evidente, ¿cómo podemos creer que no se equivoca en todo lo demás?. Ellos dicen que los hombres no tienen poder para perdonar los pecados, Cristo dice que sí, ¿a quién debemos creer?

Charles era un joven francés, vividor y agnóstico. Cierta vez decidió ir a la Iglesia de San Agustín a buscar ‘lo invisible’. El padre Huvelin dijo al joven: -“Si quieres encontrar a Dios confiésate” – Pero ¿cómo voy a confesarme con un hombre si ni siquiera creo en Dios?. El Abad con tono autoritario le dijo al joven orgulloso: “híncate y confiésate!”. El joven se hincó, se confesó y tras la confesión vino la luz de la fe y Charles de Foucauld se convirtió en el gran padre del desierto.

Hay quien dice: “Yo no me confieso con los hombres pecadores como yo, Yo sólo me confieso con Dios”.

¡Por supuesto que hay que confesarse con Dios!. En Misa decimos: “Yo confieso ante Dios todopoderoso…”. Pero el pecado es también ofensa al hermano: “Antes de presentar tu ofrenda ante el altar reconcíliate con tu hermano”, (Mateo 5,23-24). Por eso añadimos: “y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho…”.

El pecado es además ofensa a la Iglesia: “Si tu hermano peca… díselo a la Iglesia” (Mateo 18, 15-17). El sacerdote representa a esa Iglesia.

Lo que pasa es que no queremos reconocer nuestros propios pecados; la suciedad, la mugre, los pecados y defectos de los demás fácilmente los ventilamos.

La confesión exige sinceridad.

Para el que no quiere aceptar su mugre no hay jabón que le convenza. El que se sabe sucio, no discute, va y se lava. El que se reconoce pecador no discute, va y se confiesa.

La confesión exige humildad.

“Ve y lávate siete veces en el río”. En un principio Naamán se reveló contra el mandato de Eliseo de bañarse en el sucio río. Pero después se humilló obedeció y quedó limpio. (2 Re5,12-14). La palabra del profeta confirió poder al mugre río.

La confesión exige fe.

Si la palabra de un profeta puede limpiar la lepra por medio de un mugroso río; ¿Acaso la palabra de Cristo no tendrá más poder para limpiar el alma por medio de un hombre pecador?.

Se confesaron ante hombres pecadores:

  • David dijo a Natán: “He pecado contra Yahvé” (2Samuel 12,13) y Natán en nombre de Dios le perdona.
  •  El hijo pródigo confiesa: “He pecado contra el cielo (Dios) y contra ti (el hombre)” (Lucas 15,21). Es a través de la confesión a su padre en la tierra que se le confiere el perdón del cielo.

Cristo dio poder a los hombres de perdonar los pecados porque el que mejor puede aconsejar a un pecador, es otro pecador que ha experimentado el perdón divino y el poder de la gracia.

Las objeciones contra la confesión no están en la Biblia sino en el orgullo. Confesar los pecados a un hombre como nosotros exige humildad, por eso el apóstol Santiago manda: “Confesad vuestros pecados unos a otros” (Santiago 5,16) pues Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia.

"a quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados, a quienes se lo retuviereis les serán retenidos" (Juan 20, 21-23).

“a quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados, a quienes se lo retuviereis les serán retenidos” (Juan 20, 21-23).